rima I – Cristian Leyva

De la húmeda llovizna
golpea en mi ventana su viento
el empaño de la hora
es esa caricia
que une mi melancolía
con su sustento

Si es tan frío este regalo
si me suspende el cansancio
al borde de mi cama

si sueño que aún aguardo
por el cálido abrazo
de la mujer que me ama

si hago una pausa
cuando todo es silencio
para plantar otra viña profusa
en la que mi memoria
va creciendo

tanto frío en el alma
tantos bostezos dolidos
en los huesos
tanta penumbra que abarca
del entorno mi morada
frío también en el alma
es lo que siento

 

Cristian Felipe Leyva Meneses

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La reja azul

El hambre padecida y el precario estado de salubridad de la celda no habían logrado menguar el entusiasmo del joven Andrés. Lo capturaron un miércoles en la tarde, por haber irrumpido supuestamente en la propiedad de un rico y hacer daños en el lugar. Hasta ahora, los días de encierro habían transcurrido sin ninguna novedad importante, exceptuando los murmullos emitidos desde la celda de al lado; el preso vecino era un lunático sin remedio que se divertía recitándole versos incompresibles a la nada más absoluta. Andrés se hallaba tendido en el piso, hasta que fue requerido por una voz severa.

– Medina Andrés, póngase de pie contra la pared para colocarle las esposas.

– Sí señor.

Fue sacado de aquel cuarto mugriento, cuando pasaba por el corredor, de su boca salió una despedida para el preso con delirios de poeta, las cosas que hace el aspirar el maldito moho de estas paredes, pensó, y se sintió seguro. El guardia le apresuró una patada en la espalda y pronunció algún insulto racial que se escuchó por buena parte del recinto. El joven aprendido guardó silencio y avanzó cabizbajo, su larga y hermosa cabellera lisa le cubría la mitad de la cara.

Al llegar al juzgado, lo hicieron sentar en la primera fila de una extensa gradería, el lugar estaba casi vacío, de un parlante viejo comenzó a sonar un solemne himno nacional que nadie se molestó en entonar. Luego, parafernalia, cotilleos ociosos entre los guardias que llegaron, un fiscal pedante, un juez que leyó sus líneas sin dar la más mínima muestra de entusiasmo, el rico de pueblo que llegó para testificar soezmente, un abogado que defendería al acusado pero que apareció tarde y solo pudo entregarle frases mediocres a los requerimientos del juez. Al cabo de media hora de suplicio, hubo un veredicto, hubo una infracción y un culpable que tendría que pagarla a como diera lugar.

– Hombre, solo soy un muchacho desempleado, ni siquiera tengo en que caerme muerto.

– Muerto vas a estar si no pagas esa multa, el riquillo la ha emprendido contra ti, te han asociado con los vándalos de peor calaña. – replicó el Abogado-

– Creo que el juez exageró las cosas, no alcancé a llegar al portón de la residencia, solo estuve en el jardín, unos tres minutos como máximo, si es tan rico como aparenta, deberá tener alguna cámara en el sitio, el vídeo probaría mi inocencia.

– Mira, quisiera poder ayudarte un poco más, pero lo único que podré conseguirte será una reducción en el precio de la multa, convenceré a los policías para que se olviden de tu insolencia cuando te capturaron.

– Ellos empezaron.

– ¿Hay algún detalle adicional que deba saber?

– Nadie se pone contento si le gritan Indio ladrón en toda la cara.

Andrés fue trasladado a una nueva celda en la que tuvo que esperar algunos días más mientras el Abogado apenas si hacía algunas maromas para intentar mejorarle la suerte. A las afueras del penal aparecieron sus familiares, angustiados por la situación. Como no tenían dinero para pagar la multa ni la fianza que el juez había establecido, no se les permitió el ingreso. Huelga decir que las raciones de comida y las condiciones higiénicas en la nueva celda también eran pésimas.

El abogado arribó a la celda cerca de las tres de la tarde del cuarto día, traía algo de comida y algunos artículos de aseo personal, una pequeña porción de arroz de coco y una botella de agua pudieron mermar el hambre y la sed del aprendido, le sugirió rasurarse pero se negó, para él, una piel rasurada e irritada expuesta a ese aire nauseabundo no era una opción, la tímida sombra de su barba aseveraba la fatiga de su rostro, su piel de zambo había adquirido una palidez que se asemejaba mucho a la de un muerto, bajo sus ojos, unas ojeras oscurecidas contrastaban con el tono de todo su cuerpo, su mirada enmarcaba la penuria de las raciones escasas, de las noches mal dormidas. Esa era la mirada de un hombre desilusionado. Después de la comida y de que el abogado sobornara a las guardias con una breve charla y un par de billetes, pudieron salir de la celda y fueron a un cuarto apartado en otro lado del recinto para conversar cómodamente.

– Pareciera que en el piso de arriba se está descomponiendo un cadáver, me cuesta mucho trabajo hacer que lo poco que me dan permanezca en mi estómago. – advirtió Andrés.

– Tengo entendido que el desagüe de aquí no está trabajando muy bien que digamos – Le dio una larga fumada a su cigarrillo y prosiguió- Haré que cambien el colchón y que te pongan sábanas decentes, mira, te tengo noticias importantes respecto al caso.

– ¿Qué noticias?

– Ya revisaron los videos de las cámaras de seguri…

– ¡¿Y bien?!

– No me interrumpas, chico. Tenías razón, se trató de una infracción menor, apenas si pisaste algo del jardín para cortar flores ¿Andabas en plan Casanova intrépido, eh?

– No, no eran para regalárselas a una persona muy viva, precisamente ¿Eso significa que ya me podré ir de aquí?

– Al dueño de casa no le hace mucha gracia retractarse, es un riquillo caprichoso, y todo el papeleo de la multa ya está hecho, el juez querrá cobrar por su palabrería y sabrás que yo necesito cobrarle mis honorarios al Estado para poder comer como cualquier cristiano, mira, estás acá porque te acusaron de vandalismo, ya he hablado con el dueño de casa y con su esposa, muy para tu fortuna, encontré otra salida que hará quedar bien librado.

Andrés escuchó detenidamente las instrucciones de su defensor, tuvo que resignarse a ser parte de su juego. Si todo salía de acuerdo al plan, el dueño de casa recibiría una modesta indemnización por parte del municipio (tampoco es que le hiciera mucha falta), el juez podría agregar otro fallo exitoso a su currículum, el fiscal cobraría, el abogado cobraría, y el acusado quedaría en libertad y podría vivir sin ningún tipo de incomodidad, salvo por una pequeña mancha en sus antecedentes judiciales a la que se siempre referiría como “un penoso mal entendido que se salió de proporciones”.

Los cantos de las aves comenzaron a hacer eco a lo largo y ancho del penal. El amanecer de un nuevo día, un sueño tranquilo sobre un colchón blando con sábanas nuevas y el saludo de un tibio desayuno habían logrado levantar el espíritu decaído del acusado. Al terminar de comer y de dormitar por un rato, se puso en pie para ir a las duchas y allí se aseó como pudo, se miró en un trozo de espejo roto y se sorprendió sonriendo levemente entre algunas lagrimillas que se le escaparon, acomodó como pudo la regadera, allí dejó la barra de jabón que el abogado le había dado, ese jabón sería un regalo para el siguiente pobre diablo que tuviera que pasar una estancia en esa mugrienta prisión.

– Medina Andrés, ¿Hasta cuándo habrá que esperarlo, eh?

A Andrés le pareció irónico que el guardia que lo había reprendido el día de su juicio estuviera de turno el mismo día y a la misma hora en que lo soltarían, el tono tranquilo del uniformado revelaba que iba a proceder con toda la amabilidad que implica un procedimiento irregular pero muy bien pagado.

– Hombre, sólo un momento más, en un instante estaré con usted- Respondió Andrés.

Luego, oscuridad, le pusieron una capucha en la cabeza y lo llevaron hacía otra sala inmensa en la que nunca había estado. Cuando recobró la visibilidad, sintió el ronroneo de una pequeña podadora, una máquina que comenzaba a pasearse por su cuero cabelludo mientras una mujer cuarentona iba recolectado los inmensos mechones de negro azabache. Andrés hizo un enorme esfuerzo y elevo algunas plegarias para que sus dioses le ayudaran a contener el llanto, falló.

La cabeza de Andrés quedó pelada, la mujer cuarentona, de la que después sabría que era una estilista con algún renombre y la esposa del dueño de casa que lo había denunciado, le pidió que se pusiera en pie y se cambiara las vestiduras indígenas por unos harapos que ella había traído. Se sintió humillado, por el tono de la cuarentona y por toda la situación, -su ropa indígena había sido confeccionada por las manos de su ya difunta madre, quitárselas significaba desprenderse de uno de los pocos recuerdos físicos que le quedaban de ella-.

Lo soltaron un martes en la tarde, fue a dar a la calle en busca de los suyos, la ropa que le habían dado despedía un olor a humedad y muerte, ciertamente se sentía como un hombre derrotado.

Yo, anacoluto – Cristian Leyva

No estoy para perder la estación de las partidas
sin pretender tomar una siesta de dos décadas
perdido en una vocación incompleta
dando tumbos al vacío de las pupilas
cuando soy otro cliente vulgar
escupiendo en el suelo de las frustraciones
sacrificando el honor por un poco de confort
el éxito de una comida caliente y la expectativa
yo también he tenido un trabajo detestable
con marcos de poses
y sonrisas hipócritas al medio día
ustedes han tenido
pretextos inmaculados
y toda esa mediocridad que les pesa en la cara
cuando envejecen a doble de velocidad
y se auto recetan como remedio
masturbación sin entusiasmo
y esnobismo
distracción a la perfidia
una fotografía en un parque publico
mostrando la sonrisa cansada
bajo un árbol que gotea
aburrimiento
rutina
una ruta de copy paste y de poemas muy leídos
y olvidados a la misma velocidad
en los que un viejo ocioso abusa de la tecla
enter.

Primordial

Entre fallarte       o follarte
resido apresado
En  ideales               una cadena
arrastro el peso
las consecuencias
y el acto encontrado       al borde de la indecisión
Esperando  ejecutarse
Y perderse
Y odiarse
Y cavar un pozo donde quepa/
Lo que habíamos prometido.

Cristian Leyva Meneses

Cristian Leyva – Dedicatoria

Muchacha de los ojos profundos y de pupilas esbeltas y difusas
como un cielo aplomado
y como el sueño ansioso de un ángel

Muchacha del cabello abultado en un alto moño
y cejas perfiladas
y labios tornados como una costa
donde se achaca el silencio
y hay una copa de tacto
que se besa y besa

Te regalo algunas líneas
Este trozo de papel
que es una canción muda
que te trova
sobre el castillo invisible
en el que vi reinar tu aura
desde el primer instante

Te regalo algunas líneas
Porque ya no sé qué más decirte

Y una flor de una tierra robada
con un rocío
en las palmas que te lo entregan
Y el rubor de un poeta tímido
un pobre diablo al que la tinta
Le corre de mala gana por las venas

Muchacha blanca
Pastelito aislado
o pequeño copo simétrico
Aquí lo que he prometido con ligereza

Te regalo algunas líneas
Porque ya no sé qué más decirte