El solitario entierro de un can negro como una perla de las profundidades del caribe

Cristian Felipe Leyva Meneses  

Lo había cargado durante algunos kilómetros. Intentó pensar en otra cosa, en verdad. Sin embargo, la fatiga es una virtud difícil de ignorar. Su conciencia debería haber estado tranquila. Pero los arrebatos son nombres de la desesperación y la impotencia. Fue la carrera de dos enfermedades incurables, sin conocer de antemano, el transito que la muerte aventaja en los cuerpos de los que son más pequeños. El cabello del difunto brilló por vez última. 

El roto fue simétrico y pulcro, los preparativos improvisados en la salvedad que ofrecen los matorrales que renacen de los incendios. Pensó la tierra como una oportunidad fértil para el traspaso de energías vitales, el cierre o el comienzo de un ciclo, si se quiere. La tierra debe comer, nos come. Los gusanos son intermediarios nobles, que no nos cueste admitirlo.  

A solas en el parque de los sueños, con la muerte a cuestas, fresca en las ropas, quizá. A solas con los desperdicios del pasado, los zapatos sucios por el lodo y los pasos que se hunden con la tarde. Solo. Como una flor que se creía extinta, quizás. Solo. Los labios resecos, la boca sedienta en la que ronda la palabra. El silencio. Sepulcral y sordo, la contaminación de las fábricas cercanas en las que se cuecen los huesos para los canes de los nuevos burgueses. El asiento, macerado por los rayos intermitentes de los cambios de sombra. Solo, crujiente, envejecido, se halla un hombre.  

Su sangre incide sobre su cráneo seco, se peina con la zozobra de la idea. La cabeza se alimenta de la pulcritud de los desvaríos, ¿el pasado?: una fuente que se seca en sus bases de concreto. Lo concreto es la perdida de lo inasible. Lo que se desgasta, quizás; el hombre es menos hombre. Su humanidad es lamida por la intemperie, sus manos son grietas por las que se filtra el goteo de la frustración -y son cuencos las manos, para que se sepa-. Se piensa dueño de los crímenes del mundo, hijo de una madre olvidada, padre de una sola cosa que yace rota y tiesa en una tumba que recién se ha excavado.  

El hombre parte la pala con sus piernas, patea el aza de madera hasta que se hace trizas. Su rodilla se hace trizas. El silencio cede. El llanto crece. Entonces el metal restante al instrumento es lanzado por los aires, choca contra un árbol, las astillas vuelan como chispas. El árbol está herido. La savia brota. Erupción de un volcán comido por las larvas.  

Los testigos narran los hechos de manera irresponsable y pueril. Los niños ríen y señalan al que consideran el nuevo loco del pueblo. La policía se harta y deja de tomar apuntes. El hombre solo, crujiente y envejecido es puesto en custodia. No opone resistencia. Pasa la noche en un agujero mal oliente. Se duerme y sueña con el can negro como una perla de las profundidades del caribe. Se despierta de mejor humor, come bien y se marcha cojeando. No se sabe a dónde.  

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